Nadie duda
ya de que la llegada de las tecnologías de la información y comunicación
han supuesto una revolución tan importante como la que provocó la
invención de la escritura o de la imprenta. Pero mientras que los
grandes descubrimientos que han marcado la evolución de las
civilizaciones se espaciaron en el tiempo, la revolución actual se ha
producido en muy poco espacio de tiempo, ha invadido todos los sectores
de la vida social y está en vías de modificar las bases de la economía.
Las innovaciones
tecnológicas han proporcionado a la humanidad canales nuevos de
comunicación e inmensas fuentes de información que difunden modelos de
comportamiento social, actitudes, valores, formas de organización, etc.
Hemos pasado de una situación donde la información era un bien escaso a
otra en donde la información es tremendamente abundante, incluso
excesiva. Vivimos inmersos en la llamada sociedad de la información.
El impacto de las
nuevas tecnologías y las exigencias de la nueva sociedad se están
dejando sentir de manera creciente en el mundo de la educación. La
educación está pasando de ser un servicio secundaria a constituirse en
la fuerza directiva del desarrollo económico y social.
El sistema educativo
no puede quedar al margen de los nuevos cambios. Debe atender a la
formación de los nuevos ciudadanos y la incorporación de las nuevas
tecnologías ha de hacerse con la perspectiva de favorecer los
aprendizajes y facilitar los medios que sustenten el desarrollo de los
conocimientos y de las competencias necesarias para la inserción social
y profesional de cualidad. Debe también evitar que la brecha digital
genere capas de marginación como resultado de la analfabetización
digital.